
A raíz de la reciente controversia en torno a Miss Universo, y más allá de los señalamientos sobre transparencia o intereses involucrados, como consultora en imagen pública observo con preocupación cómo estos certámenes continúan colocando a las mujeres en dinámicas de comparación constante. Competir “por un lugar” implica evaluar quién es la más bella, la más preparada, la más carismática o la más digna de representar a un país. Esto supone someterse a parámetros que ya no corresponden con una visión contemporánea de la imagen ni con los principios de igualdad que como sociedad afirmamos defender.
Se habla de derechos, oportunidades y equidad; sin embargo, rara vez cuestionamos la manera en que seguimos validando la comparación entre mujeres bajo criterios estéticos y performativos.
En los últimos años, la narrativa institucional de estos concursos se ha revestido de conceptos como empoderamiento, liderazgo, activismo social y sororidad. Y aunque es innegable que muchas participantes han impulsado proyectos valiosos, también es cierto que esos logros podrían realizarse sin una estructura competitiva, sin la exposición escénica del cuerpo y sin la necesidad de cumplir con un ideal estético para ser escuchadas.
¿Por qué continuamos premiando a alguien por su apariencia física mediante trajes de baño, vestidos de gala o pruebas que refuerzan parámetros “ideales”? ¿Por qué seguimos normalizando que la presencia de una mujer sea evaluada en un escenario bajo el escrutinio de jueces, intereses comerciales y estándares predeterminados? Nos dicen que estos espacios existen para empoderar a la mujer… pero ¿a qué costo?
Tal vez la verdadera controversia no reside en los escándalos mediáticos del certamen, sino en que como sociedad aún no cuestionamos el trasfondo: esta necesidad de comparar, calificar y jerarquizar a las mujeres dentro de un formato que, aunque intenta renovarse, sigue partiendo del mismo molde de hace décadas.
Los concursos de belleza continúan influyendo en percepciones, estándares y prácticas que afectan la construcción de la autoimagen, especialmente en mujeres jóvenes. La evolución no consiste en cambiar el discurso alrededor del certamen, sino en transformar la estructura que lo sostiene: dejar de validar aquello que fomenta la competencia estética y la jerarquización de cuerpos, y comenzar a promover espacios que impulsen el desarrollo personal, el liderazgo y la presencia auténtica sin la mediación del espectáculo.
Es momento de replantear estos modelos y preguntarnos qué queremos seguir reproduciendo como sociedad, y desde qué mirada construimos la imagen —no solo pública, sino personal— de las mujeres que hoy buscan ocupar espacios de significado.
Como consultora en imagen, estoy convencida de que la verdadera presencia no se construye desde la comparación, sino desde el autoconocimiento, la coherencia y el bienestar integral. Repensar estos formatos no implica renunciar a la estética, sino comprender que la imagen es mucho más que apariencia: es energía, lenguaje, visión y propósito.
Si queremos avanzar hacia una sociedad más consciente, necesitamos empezar por los escenarios que influyen en la percepción colectiva. Y los concursos de belleza, sin duda, siguen siendo uno de ellos.
La presencia auténtica nace del equilibrio entre cuerpo, mente y energía; no de una pasarela. Si realmente queremos transformar la conversación sobre la imagen femenina, debemos cuestionar qué prácticas seguimos normalizando y qué espacio queremos abrir para las nuevas generaciones.